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Vancouver, invierno en English Bay (fotografía de Jules Etienne).

viernes, 16 de febrero de 2018

NIEVE, de William Faulkner


(Fragmento)

- ¿No ves el sol?
 
Porque el sol se había puesto. Había dejado el valle mientras estábamos allí; ahora sólo descansaba en las nieves altas, rosadas y sin consistencia como nubes contra un cielo que cambiaba ya de verde a violeta. Seguimos adelante; el camino serpeaba y zigzagueaba a nuestros pies, abismándose en la oscuridad. En el pueblo se veían ahora luces, trémulas y parpadeantes como luces que fluctuaran sobre el agua, o bajo el agua, y de pronto se acabó la nieve. La habíamos dejado atrás, habíamos emergido de ella; súbitamente hizo más frío, como si en el fulgor de la nieve hubiese cierta calidez y ahora no hubiera ya nada sino el crepúsculo y el frío. Luego, en un abrir y cerrar de ojos, el propio pueblo se había inclinado hacia un lado, y volví a pensar que en aquel país no existía ni un pie cuadrado llano de verdad; los pueblos de los valles, incluso, no eran llanos sino vistos desde arriba. Acaso toda la tierra parecía llana mientras uno caía hacia ella; acaso uno no podría soportar mirarla o acaso no podría hacer sino mirarla.
 
- ¿Te sigue gustando la nieve? –dije-. Quizá sea mejor que llenemos el hueco con nieve antes de que se nos acabe.
 
- Quizá no quiera hacerlo por ahora -dijo Don.
 
Don iba delante; siempre era el más rápido en el descenso. Llegó, pues, el primero al valle; tal como había cesado la nieve cesaron las montañas, que se convirtieron en el valle, y el valle, a su vez y casi de inmediato, se convirtió en el pueblo, y el camino en una calle empedrada que volvía a ascender. También allí Don llegó el primero.
 

William Faulkner (Estados Unidos, 1897-1962). Obtuvo el premio Nobel en 1949.

jueves, 15 de febrero de 2018

Nieve: CUATRO CUARTETOS, de T. S. Eliot

"Y copia en un espejo de agua un fulgor que es ceguera cuando empieza la tarde..."

(Fragmento)

La primavera a medio invierno es una estación en sí misma
Sempiterna aunque empapada hacia el ocaso,
Suspendida en el tiempo, entre el polo y el trópico.
Cuando es más claro el corto día lleno de escarcha y fuego,
El breve sol incendia el hielo en estanques y zanjas,
Bajo el frío sin viento que es el calor del corazón
Y copia en un espejo de agua
Un fulgor que es ceguera cuando empieza la tarde
Y un brillo más intenso que la lumbre de ramas o braseros
Agita el torpe espíritu: no viento sino fuego pentecostal
En el tiempo oscuro del año.
Entre el deshielo y la congelación
Se estremece la savia del alma. No hay olor de tierra
Ni olor de cosa viva. Este es el tiempo primaveral
Pero no según la convención del tiempo.
Por una hora el seto blanquea
Con fugaz floración de nieve,
Una floración más repentina que la del verano pues no da brotes ni se marchita.
No pertenece al esquema de la generación.
¿En dónde está el verano, el inimaginable
Verano cero?

Thomas Stearns Eliot
(Estadounidense nacionalizado británico, 1888-1965). Obtuvo el premio Nobel en 1948.

(Traducido al español por José Emilio Pacheco)

miércoles, 14 de febrero de 2018

Nieve: LA SINFONÍA PASTORAL, de André Gide


(Párrafos iniciales)

10 de febrero de 189...

La nieve no ha dejado de caer desde hace tres días y bloquea todos los caminos. No he podido ir a R… donde, desde hace quince años, acostumbro celebrar el culto dos veces  por mes. Esta mañana, en la capilla de La Brévine, sólo se han reunido unos treinta fieles. Aprovecharé el ocio que me ofrece este enclaustramiento forzado para volver atrás y relatar cómo hube de empezar a ocuparme de Gertrude.
 
He proyectado escribir aquí todo cuanto concierne a la formación y desarrollo de esta alma piadosa, a la que sólo he conseguido hacer surgir de la noche, creo, gracias a la adoración y al amor. Bendito sea el Señor por haberme confiado esta tarea.
 
Hace dos años y seis meses, al subir de la Chaux-de-Fonds, una chiquilla a la que yo no conocía en absoluto, vino a buscarme a toda prisa para llevarme a siete kilómetros de allí, junto a una pobre anciana que se estaba muriendo. No había desenganchado al caballo; y tras haberme provisto de una linterna, porque pensé que no podría estar de regreso antes de la noche, hice subir a la niña en el coche.
 
Creía yo conocer admirablemente todos los alrededores del municipio: pero pasada la granja de la Saudraie, la niña me hizo tomar un camino por el que, hasta entonces, nunca me había aventurado. Sin embargo, a dos kilómetros de allí, a mano izquierda, reconocí a una laguna misteriosa a la que, en otra época, había ido a patinar. No la había vuelto a ver desde hacía quince años, puesto que ningún deber pastoral me llama por esa parte; no habría sabido decir dónde caía y hasta tal punto había dejado de pensar en ella, que cuando la reconocí en medio del encanto rosa y dorado del atardecer, al principio me pareció que nunca había visto yo algo semejante sino en sueños.
 
El camino bordeaba el curso de agua que rebosaba de la laguna cortando por el extremo del bosque y corriendo luego a lo largo de una turbera. Ciertamente, nunca antes había estado allí.
 
El sol se había puesto y había y un buen rato que marcábamos en la penumbra cuando al fin, mi guía me señaló con un dedo, en la ladera de una loma, una choza que se hubiera podido creer deshabitada de no ser por un hilillo de humo que azuleando en la sombra arrubiándose luego en el oro del cielo, salía de ella. Até el caballo a un manzano que estaba cerca y luego fui a reunirme con la chiquilla en la pieza oscura donde la anciana acababa de morir.


André Gide (Francia, 1869-1951). Obtuvo el premio Nobel en 1947.

La ilustración corresponde a una fotografía de Chaux-de-Fonds bajo la nieve.

martes, 13 de febrero de 2018

Nieve: NARCISO Y GOLDMUNDO, de Hermann Hesse

"... en el jardín y contempló sobre el alto valladar nevado los rosales, que se doblaban bajo el peso de la nieve."

(Fragmento del capítulo VIII)

Una mañana se despertó Goldmundo en su lecho al romper el alba y permaneció un rato tendido y cavilando. Seguían rondándole imágenes de un sueño, aunque inconexas. Había soñado con su madre y con Narciso; aún veía con claridad las dos figuras. Cuando se hubo liberado de los hilos del sueño, cayó sobre él una luz singular, una especial claridad que ahora entraba por el pequeño hueco de la ventana. Saltó de la cama y corrió a la ventana y vio sus molduras, el tejado de la cuadra, la entrada del patio y, más allá, el paisaje todo, los campos que resplandecían con un tono blanco azulenco, cubiertos de las primeras nieves del invierno. El contraste que presentaban, la inquietud de su corazón y el tranquilo, sumiso, mundo invernal lo dejó estupefacto: con qué calma, con qué dulzura y mansedumbre se ofrecían sembrados y bosques, collados y praderas al sol, al viento, a la lluvia, a la sequía, a la nieve; qué hermosos y pacientes soportaban arces y fresnos la carga del invierno! ¿Sería posible ser como ellos, aprender algo de ellos? Salió al patio, caminó por la nieve y la tocó con las manos; entró en el jardín y contempló sobre el alto valladar nevado los rosales, que se doblaban bajo el peso de la nieve.
 
Tomó, para desayunar, una sopa de harina; todos hablaban de aquella nieve primera, todos -también las muchachas- habían estado ya afuera. La nieve había llegado tarde aquel año, era ya próxima la Navidad. El caballero habló de los países del sur, donde nunca nieva.


Hermann Hesse (Alemán nacionalizado suizo, 1877-1962).
Obtuvo el premio Nobel en 1946.

lunes, 12 de febrero de 2018

Nieve: MOTIVOS DEL BARRO, de Gabriela Mistral


(Fragmento del relato La madre)

Ella parecía no escuchar y se quedó entonando suavemente otro aire campesino sobre el sueño del niño.

Las nubes lejanas se agruparon y bajó la lluvia sobre el llano. La mujer sacó su chal, dejó sus espaldas descubiertas y arropó mejor a su hijo. Una nieve ligera fue bajando después, una nevada ligera, pero que amorataba y hacía temblar sus manos. Ella se curvó más, para cubrir mejor se arrastró lentamente hasta quedar bajo la rama más tupida. Allí estuvo mucho tiempo. La nieve resbalaba sobre su cara y sus mejillas; la aventaba solamente del chal que cubría su regazo. El movimiento del niño hizo que interrumpiera su delicado estribillo; fue su aliento entonces tan sigiloso como el bajar de la cabeza para otear el horizonte.

El llano era hermoso bajo la nevada; las lomas se iban jaspeando de blancura imper- ceptiblemente y los árboles de follaje adquirían unos fantásticos relieves sobre los troncos llagados. No miraba al llano; no miraba a los que pasaron por la carretera; sólo alzaba la cabeza para otear el horizonte.

Y cuando los carros de heno se aproximaron, tuvo el boyero que levantarla porque el frío había paralizado su cuerpo, que estaba arrecido entero, menos el hueco divino donde durmió con tibieza el niño.

Yo sé de las almas que hicieron de la belleza el único hijo. En la hora de la miseria, larga, larga, y en la de la injusticia, no interrumpieron su canto con que la arrullaban; la fiebre de los pueblos, el ir y venir de los hombres, no rompió aquel beso. Todas eran mezquinas, sus caras marchitas y quebrantadas para la muerte; pero en lo hondo de sus entrañas, el jazmín de la emoción, la enredadera de la ternura, estuvo echando flor en el silencio de las nieves y curvadas sobre ellas, esas almas pasaron por el mundo, sin conocer otra voz ni otra claridad sobre su pecho hasta la última hora.


Gabriela Mistral: Lucila Godoy Alcayaga (Chile, 1889-1957).
Obtuvo el premio Nobel en 1945.

domingo, 11 de febrero de 2018

Nieve: LA CAÍDA DEL REY, de Johannes V. Jensen

"Cuando se acercaron a Sten Sture estaba muerto. La nieve ya no se derretía sobre su rostro."
 
Miserere
 
(Fragmento)

Algo se le vino  a Axel a las mientes estando allí sentado, una noche de invierno que pasó junto a la hoguera en los helados bosques de Tiveden con una manta enrollada a la cabeza y pensando en la horrible pobreza del hombre frente a la muerte. La noticia del fin de Sten Sture acababa de llegar a oídos del ejército. Los daneses la acogieron con gran contento, la alegría reinaba en el gélido campamento. Esa noche la nieve crujía bajo las botas festivamente y las estrellas lucían con todos los colores del arco iris por entre las solitarias copas de los árboles. La muerte de hombre tan peligroso era objeto de amenas deliberaciones. Pero Axel, que con sus propios ojos lo había visto caer herido sobre el hielo de Bogesund, regocijándose entonces del imprevisto fin de un enemigo -¡montura y jinete atravesando a su vez la imagen de montura y jinete que devolvía aquel hielo espejeante!-, Axel comenzó a pensar en aquel hombre que había muerto solo en su trineo sobre las heladas corrientes del lago Melar aplastando con el cuerpo su pierna rota. Murió, tenía que morir.
 
La nieve descendía por el aire negro, o quizás fuese el cielo quien se inclinara amenazando con desplomarse; el lago cedió con un suspiro al paso del trineo, como si la tierra toda no confiara en poder resistir. En aquel instante la regia inquietud partió el corazón humano. Las vastas tierras de Suecia se hundieron a sus pies en forma de hielo y lago quejumbroso, los cuidados de rey de Sten Sture, su enfermedad y su dolor acabaron sus días en aquel angosto trineo como un llanto infantil que enmudece, como una cuna que se detiene. Cuando se acercaron a Sten Sture estaba muerto. La nieve ya no se derretía sobre su rostro. Hasta donde alcanzaba la vista no había más que hielo y nieve, Sten Sture, y tú permanecías inmóvil; a lo lejos por aquel desierto helado, parecían resonar débiles gritos de auxilio devueltos por un eco cantarón, oh Sten Sture.
 
 
Johannes Vilhelm Jensen (Dinamarca, 1873-1950). Obtuvo el premio Nobel en 1944.
 
(Traducido al español por Blanca Ortiz).
La ilustración corresponde a La muerte de Sten Sture (1921), de C. G. Lellqvists.

sábado, 10 de febrero de 2018

Nieve: SILJA, de Frans Eemil Sillanpää

"El bosque sepultado bajo la nieve hace olvidar al hombre las preocupaciones que le han asaltado en los campos."

(Fragmento de la primera parte: El padre)

Kustaa se preguntaba qué tenía que hacer. Experimentaba un vago sentimiento de que tenía que abandonar algo, pero no habría sabido decir qué era: en todo caso, resultaba delicioso hundirse en la soledad.
 
El bosque sepultado bajo la nieve hace olvidar al hombre las preocupaciones que le han asaltado en los campos. Pueden encontrarse allí en todo momento unos instantes de olvido, si bien los pensamientos tristes acaban siempre por volver y por continuar su curso eterno.
 
Partir para no volver a ver ni recordar…, lejos del hombre cuya garganta habían apretado sus dedos y que se resistía a nombrar. Al imaginar la partida, evocaba todo lo que se relacionaba con aquel hombre. Había el cortijo y sus habitantes, la joven esposa que se despertaba en aquel momento en «Salmelus», sola por primera vez. Sí, y también «Salmelus», toda la heredad, y además, los que se la habían legado: padre y madre: todos intervenían en aquella vaga idea de partida, y él también, como si hubiese tenido que romper consigo mismo. Y luego el ser que iba a venir al mundo… Por primera vez, Kustaa pensó en él, directa y brutalmente. Pero una asociación de ideas le volvió a llevar irresistiblemente al punto de partida: aquel individuo había empujado a Hilma en el momento en que él había intervenido, demasiado tarde, pues el cuerpo de la mujer había chocado con el ángulo de la estufa. Ahora, al volver a pensarlo, tenía la impresión de que no había obtenido satisfacción de aquel botarate y que no la obtendría nunca. En estos casos hay que vengarse en el momento.
 
La imagen de Iivari Plihtari se iba agrandando en el pensamiento de Kustaa, que se sentía incluso abandonado por el bosque nevado, enfurruñado al nacer el día. Iivari, aquel borracho, aquel canalla, había descargado la mano sobre una mujer encinta, que para colmo era su propia hermana. Era tan repugnante que Kustaa renunció a pensar en ello, al tiempo que se decía que se había hecho violencia al niño que iba a nacer, y no únicamente a la madre. Iivari había pisoteado la paternidad de Kustaa, y éste experimentaba espanto casi al considerar esta situación. ¿Para qué ir allá abajo? El camino parecía decirle: «Puedes seguirme a tu antojo, soy incapaz de ayudarte. Al fin y al cabo tendrás que regresar a tu casa». (Fabricio Valserra)
 
 
Frans Eemil Sillanpää (Finlandia, 1888-1964). Obtuvo el premio Nobel en 1939.
 
(Traducido al español por Fabricio Valserra).

viernes, 9 de febrero de 2018

Nieve: EL ETERNO ASOMBRO, de Pearl S. Buck

"Una farola brillaba tenuemente en la nieve casi impenetrable."

(Fragmento de la primera parte)

A la mañana siguiente, sintió nuevos bríos para reescribir el trabajo y dejarlo tan perfecto como fuera posible. Su profesor le tenía un afecto especial y él no veía la hora de recibir sus elogios y críticas.
 
- Tesla -dijo Sharpe- fue, qué duda cabe, un auténtico genio, no como Edison, aunque a éste se le dieran mejor los negocios y la publicidad. Pero Tesla fue un creador en el sentido más auténtico de la palabra. Era un hombre muy cultivado, a diferencia de Edison. Tenía profundos conocimientos del pasado. Y le valieron de mucho. Cuando abrió su laboratorio independiente (le llevó tiempo darse cuenta de que tenía que controlar él mismo su propio trabajo), el mundo entero quedó estupefacto al ver todo lo que salía de ahí dentro, los inventos asombrosos, la prueba definitiva de que su sistema de corriente alterna tenía unas ventajas inmensas con respecto al sistema de corriente continua de Edison. No hay ningún descubrimiento que le haga sombra, al menos en el campo de la ingeniería eléctrica. El sistema de Edison sólo podía abastecer un área de un diámetro que no alcanzaba los dos kilómetros, mientras que el de Tesla podía llegar a centenares de kilómetros… ¿Me estás escuchando, Rann?
 
- Sí, señor -respondió él, aunque no fuera cierto. Estaba mirando la hermosa y movediza cara que tenía delante. El fuego ardía entre ellos, él a un lado de la chimenea y Sharpe al otro. Fuera, una nevada tempranera envolvía la casa en un manto de silencio. No soplaba el viento. La nieve caía densa y silenciosa.
 
- Pero el problema -continuó Sharpe- era encontrar a un hombre con una inteligencia lo bastante grande para comprender y aplicar los descubrimientos e inventos de un genio tan excepcional como el de Tesla. Westinghouse fue ese hombre.
 
Bajó las hojas de la disertación de Rann.
 
- Es una extraña verdad –dijo Sharpe- que todo genio tenga que encontrar su complementario, el hombre que sepa comprender y aplicar los descubrimientos del creador. Parece que la creatividad y sus aplicaciones prácticas nunca se dan cita en la misma persona.
 
Miró con una media sonrisa la cara atenta y entusiasmada de Rann.
 
- ¡Pero qué chico más guapo estás hecho! -dijo suavemente. Las hojas se le escurrieron de las manos y cayeron al suelo-. ¡Me pregunto qué seremos el uno para el otro, tú y yo! ¿Alguna vez sueñas con el amor, Rann?
 
Rann negó con la cabeza, extasiado, tímido, casi asustado, pero ¿de qué?
 
Sharpe se agachó y recogió las hojas. Las ordenó con esmero y las dejó en la mesa junto a su butaca. Luego fue al amplio ventanal del final de su estudio y contempló el exterior. Una farola brillaba tenuemente en la nieve casi impenetrable. Bajó la persiana.
 
 
Pearl S. Buck: Pearl Sydenstricker Buck (Estados Unidos, 1892-1973).
Obtuvo el premio Nobel en 1938.
 
(Traducido al español por Albert Fuentes).
 
El eterno asombro (The Eternal Wonder) es la novela en la que se encontraba trabajando Pearl S. Buck cuando falleció, en marzo de 1973. Cuarenta años más tarde, el manuscrito fue encontrado en circunstancias peculiares y, a su vez, adquirido por sus herederos. Fue cuidadosamente corregido por sus editores con la participación de uno de sus hijos adoptivos -además, su albacea literario-, quien explica el proceso con detalle en el prefacio. Se trata, entonces, de una obra que por fin apareció publicada 41 años después de fallecida la autora y a 85 del inicio de su carrera. No dejan de llamar la atención temas que cuando la escibía debieron resultar polémicos, como la evidente atracción homosexual entre el protagonista y su maestro, o las relaciones interraciales, de las que ya se había ocupado con anterioridad en otros textos suyos. El eterno asombro viene a ser su novela número 44, publicada post mortem en 2013.
 
Jules Etienne

jueves, 8 de febrero de 2018

Nieve: LOS THIBAULT, de Roger Martin du Gard



Tomo VI: La muerte del padre
 
(Fragmento del capítulo XIII)

Sabía perfectamente que si su padre viviera todavía, le habría detestado y huido de nuevo. Sin embargo, permanecía aquí, abatido, presa de unas sensaciones sentimentales e indefinidas. Echaba de menos algo indeterminado..., algo que pudiera haber sido. Durante un instante, incluso, se deleitó en imaginarse a un padre cariñoso, generoso, comprensivo, para poder lamentarse de no haber sido el hijo irreprochable de este padre afectuoso.
 
Luego, encogiéndose de hombros, dio media vuelta y salió del cementerio.
 
El pueblo había recobrado algo de animación. Los campesinos terminaban su jornada. Las ventanas se iluminaban.
 
Para evitar las casas, en lugar de tomar en dirección a la estación, empezó a andar por el camino del Molino Nuevo y, casi en seguida, se encontró en el campo.
 
Ya no estaba solo. Insinuante y persistente como un olor, le había perseguido la idea de la muerte, se aferraba a él, penetraba uno a uno todos sus pensamientos. Andaba a su lado en esta llanura silenciosa, bajo esta luz temblorosa que palpitaba bajo la nieve, en esta atmósfera dulcificada por una tregua momentánea del viento. Él no luchaba; se abandonaba a esta opresión de la muerte; y la intensidad con que se le aparecía en este momento la inutilidad de la vida, la vanidad de todo esfuerzo, llegaba a provocar en él una exaltación voluptuosa. ¿Por qué querer? ¿Esperar qué? Toda existencia es irrisoria. Nada, absolutamente nada merece ya la pena desde que se conoce la muerte. Esta vez se sentía afectado en lo más íntimo. Ninguna ambición ya, ningún deseo de dominio, ningún deseo de realizar nada por completo. Y no se imaginaba que pudiera sanar nunca de esta angustia, ni recobrar la tranquilidad; ni siquiera tenía la veleidad de creer que, si bien la vida es breve, también el hombre tiene a veces la oportunidad de poner algo de sí mismo al abrigo de la destrucción. Que, algunas veces, le es otorgado alzar algo de su sueño por encima de la ola que le arrastra, para que algo suyo siga flotando después de haberse hundido él.
 
Caminaba sin objeto, con pasos rápidos e irregulares, rígido, como una persona que huye y lleva junto a su pecho una cosa frágil. ¡Evadirse de todo! No solamente de la sociedad y de sus colmillos; no solamente de la familia, de la amistad, del amor; no solamente de sí mismo, de las tiranías del atavismo y de la costumbre; sino evadirse también de su esencia más íntima, de este absurdo instinto vital que apega aún a la existencia a los más miserables despojos humanos. De nuevo volvió a ocurrírsele, bajo su forma abstracta, la idea tan lógica del suicidio, de la desaparición voluntaria y total. En una palabra, el aterrizaje en lo inconsciente. Volvió a ver, de pronto, a su padre difunto y su hermoso semblante lleno de paz.
 
«... Ya descansaremos, tío Vania... Ya descansaremos...»
 
En contra de su voluntad, se vio distraído por el ruido de algunos carros, cuyos faroles veía ya, y que venían a su encuentro, balanceándose a través de los surcos, entre los gritos y las risotadas de los carreteros. La idea de tener que cruzarse con personas, se le hizo insoportable. Sin dudarlo ni un momento, saltó a la cuneta llena de nieve que bordeaba el camino, cruzó titubeante una tierra de cultivo endurecida, alcanzó el lindero de un bosquecillo y se lanzó por la espesura.
 
Las hojas heladas crujían bajo sus suelas; los extremos punzantes de las ramas le fustigaban las mejillas. Al propósito, se había metido las manos en los bolsillos y se sumergía con embriaguez en la espesura, gustando de esta flagelación, sin saber a donde iba, pero decidido a huir de los caminos, de los hombres, de todo.
 
 
Roger Martin du Gard (Francia, 1881-1958). Obtuvo el premio Nobel en 1937.
 
(Traducido al español por Félix Caballero).

miércoles, 7 de febrero de 2018

Nieve: EL PRIMER HOMBRE, de Eugene O'Neill

"La nana se quedó dormida o algo por el estilo, y las niñas se escaparon en ropa interior a jugar en la nieve."
 
(Fragmento del primer acto)
 
Curtis (Frunciendo su cara): Supongo que lo estás olvidando, ¿no es cierto, Big? (Se vuelve y camina hacia su estudio, cerrando con suavidad la puerta).
 
Martha (Después de una pausa, con tristeza): Pobre Curt.
 
Bigelow (Apenado y confuso): Lo había olvidado.
 
Martha: Los años me han hecho reconciliarme. Pero no a Curt (suspira, luego se dirige a Bigelow con una sonrisa forzada). Supongo que es difícil para cualquiera de ustedes tener presente que Curt y yo alguna vez tuvimos hijos.
 
Bigelow (Después de una pausa): ¿Qué edad tenían cuando...?
 
Martha: Tres años y dos, ambas eran niñas. (Prosigue con tristeza). Teníamos una casita en Goldfield. (Forzando una sonrisa). Por entonces éramos gente respetable en ese lugar. La vagancia vino más tarde, después de... Era un domingo de invierno en el que Curt y yo habíamos ido a visitar unos amigos. La nana se quedó dormida o algo por el estilo, y las niñas se escaparon en ropa interior a jugar en la nieve. Les dio neumonía y una semana después murieron las dos.
 
Bigelow (Impresionado): ¡Santo cielo!

 
Eugene O'Neill (Estados Unidos, 1888-1953). Obtuvo el premio Nobel en 1936.

martes, 6 de febrero de 2018

Páginas ajenas: COMO MUERE, de Luigi Pirandello



De un almendro pende
su manto de nieve
el invierno que ya muere.
El manto blanco y tenue
sobre las ramas se posa
y cada grumo es una flor.

Echado al pie del tronco
mira el invierno a lo alto
con ojos acuosos, atento.
¿Mariposas o flores?
Ya no ve su manto,
furioso, sopla: el viento.

Es sólo un débil aliento
que agita las flores apenas
y otra, otra pena
el destino le reserva.
Todo muere, las briznas de hierba
la crin, la barba, el prado.


Luigi Pirandello (Italia, 1867-1936). Obtuvo el premio Nobel en 1934.
 
(Traducido al español por Milagros Marinas y Elisa Catalá).

lunes, 5 de febrero de 2018

Nieve: CUANDO LA VIDA EMPIEZA, de Iván Bunin

"... el tren llegó por fin, espolvoreado de nieve."

(Fragmento del capítulo XVII)

El rocín emprendió una veloz carrera y el trineo se deslizó sobre la nieve, resbalando a veces con un crujido hacia el talud, haciendo que cada bache repercutiera en mi cerebro. Un viento glacial azotaba el cuello levantado de mi capote, llenándome el rostro de partículas de nieve; la ciudad se sumía en un hosco crepúsculo de borrasca, mientras que yo, por el contrario, irradiaba alegría.
 
Debido a las avalanchas que se habían producido en la línea, tuve que aguardar dos horas largas en la estación, pero el tren llegó por fin, espolvoreado de nieve. Yo experimenté un gran bienestar en el acogedor calorcillo del vagón, oyendo un sordo martilleo que procedía de no sé qué parte de la calefacción, mientras en el exterior rugía la tormenta impenetrable; luego, unos toques de campana, luces, voces que resuenan en una estación apenas visible a causa del torbellino de nieve, y nuevamente el prolongado aullido de la locomotora, dispuesta a hundirse en las tinieblas, en las tempestades lejanas, en lo desconocido; una sacudida, un sordo fragor, y, por los vidrios escarchados del vagón, llenos de reflejos, el rápido vislumbrar de las luces de un andén que se va quedando atrás. Otra vez la oscuridad, la tormenta, la soledad y los bramidos del cierzo en el ventilador, pero se estaba caliente y confortable, a la pálida luz de un farol velado por una cortinilla azul; la marcha se aceleró, meciéndole a uno sobre los muelles del asiento forrado de pana y haciendo balancear en su colgador a la pelliza.
 
Desde nuestra estación hasta Vassilievskoïé había aproximadamente  unas diez verstas; pero cuando bajé del tren era ya noche cerrada y la tormenta había adquirido tal violencia que me vi obligado a guarecerme en el frío edificio de la estación, ahumado por las lámparas de petróleo. En el silencio de la noche, las puertas golpeaban con singular resonancia cuando entraban o salían los maquinistas de los trenes de mercancías, arropados hasta los ojos, cubiertos de nieve y llevando renegridas linternas rojas. No obstante, aquello también tenía su encanto.
 
Me apelotoné sobre un pequeño diván de la salita reservada a las damas y traté de descabezar un sueñecito, pero me despertaba a cada momento con la impaciencia de ver despuntar el día y también a causa de la vehemencia de las ráfagas de viento. A veces oía unos vozarrones lejanos que resonaban agudamente a través del gorgoteo y los silbidos de una locomotora parada, que escupía vapor por su tubo de escape, justamente debajo de las ventanas. Cuando me desperté del todo, me puse en pie de un salto, rodeado por la sonrosada claridad de una apacible y helada madrugada.
 
 
Iván Bunin (Ruso fallecido en Francia, 1870-1953). Obtuvo el premio Nobel en 1933.
 
(Traducido al español por Renato Lavergne).

domingo, 4 de febrero de 2018

Nieve: VILLA RUBEIN, de John Galsworthy


 
(Párrafo del capítulo 4)

En el este, las cimas de las montañas –dedos de nieve- resplandecen sobre la niebla. Una grave simplicidad yace en aquella escena, en los tejados y torres, los valles y las colinas de ensueño, con sus cicatrices amarillas y el violeta que florece, y blancas cascadas, como colas de caballos grises cuando se menean al viento.


John Galsworthy (Inglaterra, 1867-1933). Obtuvo el premio Nobel en 1932.

sábado, 3 de febrero de 2018

Nieve: EL ESPEJO DE LA VIDA, de Erik Axel Karlfeldt

"Y la nieve que se arremolina copo a copo a través del bosque y asemeja el encanto de las hadas..."

(Fragmento)
 
Cuando los esplendores del atardecer brillan,
Vemos sus matices crecer tenues
Y escuchar al viento nocturno que se estremece
Como los cánticos de pascua,
Y la nieve que se arremolina copo a copo
A través del bosque y asemeja
El encanto de las hadas
O cisnes del lago en el verano.
Alguien viene ahora en camino,
Un extraño a quien espero.
 
 
Erik Axel Karlfeldt (Suecia, 1864-1931). Obtuvo el premio Nobel en 1931.
Ha sido la única ocasión en que se ha concedido de manera póstuma.

viernes, 2 de febrero de 2018

Nieve: ESO NO PUEDE PASAR AQUÍ, de Sinclair Lewis

"... el mundo parecía un carnaval plateado abandonado al silencio."
 
(Párrafo del capítulo 12)
 
Había hecho frío en Vermont y había nevado antes de tiempo, pero los copos blancos se posaban en la tierra tan delicadamente y se respiraba un aire tan impoluto, que el mundo parecía un carnaval plateado abandonado al silencio. Incluso en las noches sin luna surgía un resplandor pálido de la nieve, de la misma tierra, y las estrellas eran gotas de metal fundido.
 
(Párrafo del capítulo 23)
 
Oscuridad, viento cortante, nieve que caía lenta a traición... Y en mitad de todo eso, Buck Titus escandalosamente alegre en su Nash antiguo, lo más parecido a un granjero que podía: una gorra de piel de foca con parches gastados y un abrigo espantoso de piel de perro. Doremus le vio, una vez más, como a un soldado del capitán Charles King persiguiendo a los sioux por las praderas y cegado por las tormentas de nieve.
 
Sinclair Lewis (Estadounidense fallecido en Italia, 1885-1951).
Obtuvo el premio Nobel en 1930.
 
(Traducido al español por Amaya Bozal e Íñigo Rodríguez Villa-Aramburu).
 La ilustración corresponde a una noche nevada en Woodstock, Vermont. La acción de la novela ocurre en 1935.

jueves, 1 de febrero de 2018

Nieve: LA MONTAÑA MÁGICA, de Thomas Mann

 "... la bruma de nieve, y sólo por algunos minutos reaparecían algunos fragmentos, una cima, una arista rocosa..."

(Fragmento)

El bosque de pinos, de un verde negro cubierto de nieve, escalaba las vertientes; entre los árboles, el suelo estaba en todas partes cubierto de nieve y en las alturas se elevaba la cresta rocosa, de un gris blancuzco, con inmensas extensiones de nieve que interrumpían aquí y allá algunas rocas más sombrías y picachos que se perdían blandamente en las nubes.

Nevaba dulcemente. Todo se confundía. La mirada se movía dentro de una nada blanda, y se inclinaba fácilmente al sueño. Un estremecimiento acompañaba al sopor, pero luego no había sueño más puro que ese sueño helado, sueño que no estaba afectado por ninguna reminiscencia del peso de la vida, sueño sin sueños, porque la respiración del aire rarificado, inconsistente y sin olor ya no pesaba sobre el organismo, lo mismo que la no respiración del muerto.

Cuando le despertaban, la montaña había desaparecido completamente dentro de la bruma de nieve, y sólo por algunos minutos reaparecían algunos fragmentos, una cima, una arista rocosa, que se velaban luego rápidamente. Ese juego silencioso de fantasmas resultaba divertido. Era preciso aplicar una atención muy aguda para sorprender esa fantasmagoría de velas en sus transformaciones secretas. Salvaje y grandiosa, desprendiéndose de la bruma, aparecía una cadena rocosa de la que no se veía ni la cumbre ni la base, pero, por poco que la abandonasen los ojos, la visión desaparecía.

Algunas veces se desencadenaban tempestades de nieve que impedían permanecer en la galería, porque los blancos torbellinos invadían el balcón y cubrían todo el suelo y los muebles de una espesa capa, pues había también tempestades en aquel alto valle rodeado de montañas. Aquella atmósfera tan inconsistente se hallaba agitada por remolinos, se llenaba de un hervidero de copos y entonces no se veía a un paso de distancia. Ráfagas de una fuerza que cortaba la respiración imprimían a la nieve un movimiento salvaje, la hacían girar oblicuamente, la impelían de abajo para arriba, del fondo del valle hacia el cielo, y la hacían bambolear en una loca zarabanda. No era entonces una caída de nieve, era un caos de oscuridad blanca, un monstruoso desorden, el fenómeno de una región fuera de la zona moderada y en la cual sólo el vuelo súbito de una bandada de pájaros de las alturas podía tener una dirección.

Pero Hans Castorp amaba aquella vida en la nieve. Se le aparecía semejante, en muchos aspectos, a la vida en las arenas del mar, pues la monotonía sempiterna del paisaje era común a las dos esferas; la nieve, con su polvo profundo, inmaculado, desempeñaba aquí el mismo papel que, allá abajo, la arena de amarillenta blancura; su contacto no manchaba: se hacía caer de los zapatos y de los vestidos aquel polvo blanco y frío como, allá abajo, el polvo de la piedra y de las conchas del fondo del mar sin que dejase rastro alguno. La marcha por la nieve era penosa como un paseo a través de las dunas, a menos que el ardor del sol la hubiese fundido superficialmente y la noche endurecido. Se marchaba entonces más ligera y más agradablemente que sobre un parqué, con la misma facilidad y ligereza que sobre la arena lisa, firme, mojada y elástica de la orilla del mar.
 

Thomas Mann

(Escritor alemán nacionalizado primero checoslovaco y más tarde estadounidense, 1875-1955).
Obtuvo el premio Nobel en 1929.

(Traducción al español de Mario Verdaguer)

miércoles, 31 de enero de 2018

Nieve: CRISTINA, HIJA DE LAVRANS, de Sigrid Undset

"... nevaba cuando la condujeron a la fosa y continuó nevando casi sin parar..."

La corona
 
(Fragmento)

El sol brilló con suficiente fuerza para que empezaran a gotear los tejados a mediodía. Los herrerillos se apretujaban y se encaramaban a las paredes de troncos expuestos al sol. Se les oía picotear las moscas atontadas en las juntas de los troncos. En los prados, brillaba la nieve, dura y reluciente como la plata.
 
Una noche, por fin, las nubes empezaron a cubrir la luna. Por la mañana la gente de Joerungaard despertó en medio de una nevada que no dejaba ver nada a dos pasos. Aquel día, comprendieron que Ulvhild iba a morir.
 
Todos los rumores de la casa parecieron desvanecerse de golpe cuando llegó Sira Erik. En la sala grande había mucha luz. Al caer la tarde, Ulvhild se apagó dulcemente, sin casi sentirlo, en brazos de su madre.
 
Ragnfrid soportó la prueba mejor de lo que se esperaba. Los padres estaban abrazados llorando en medio de un gran silencio. Todo el mundo lloraba. Cuando Cristina se acercó a su padre, él le rodeó los hombros con el brazo; notó que se estremecía y temblaba y la estrechó más contra sí. Pero incluso ella se daba cuenta de que él tenía la sensación de tenerla más lejos de sí que a la pequeña tendida en la cama.
 
No comprendía cómo podía contenerse. Luego le costó recordar cómo pudo tener aquella fuerza, pero atontada y muda de dolor, se contuvo y no se echó a los pies de su padre.
 
Más tarde levantaron unas maderas del piso de la iglesia, delante del altar de Santo Tomás, y, en la tierra dura como la piedra, abrieron una fosa para Ulvhild Lavransdatter.
 
Nevó seguido y blandamente durante todos los días en que la niña estuvo de cuerpo presente; nevaba cuando la condujeron a la fosa y continuó nevando casi sin parar durante un mes entero.

 
Sigrid Undset (Noruega nacida en Dinamarca, 1882-1949). Obtuvo el premio Nobel en 1928.
 
(Traducido al español por Rosa S. de Naveira).