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lunes, 24 de julio de 2017

Carnaval: SENILIDAD, de Italo Svevo

 
(Fragmento del capítulo VI)
 
El cielo estaba limpio y claro, a pesar de la presencia de un viento de siroco que desde primera hora de la mañana se había apoderado de la ciudad. Parecía imposible que bajo aquella temperatura húmeda y fría pidiera resistir aquel tísico y descolorido carnaval, que había dado comienzo esa misma noche con un primer baile de disfraces.
 
«¡Cómo me gustaría poder ser perro para mordisquear esas pantorrillas» pensaba Balli al ver que pasaban dos pierrettes con las piernas al descubierto.
 
Aquel carnaval, por lo que tiene de mezquino, le despertaba una inquina de tipo moralista. Aunque más tarde, hasta él mismo se iba a entregar a aquel baile de máscaras, inhibiéndose de aquella ira y dejándose embelesar por el lujo y el colorido. Mientras tanto, era consciente de estar asistiendo al preludio de una triste comedia. Aquel torbellino, que por poco tiempo iba a arrancar del aburrimiento de la vida vulgar al obrero, a la modista, o al pobre burgués para conducirlos luego al dolor, comenzaba a tomar forma. Vencidos, descarriados, algunos conseguirían volver a retomar los hábitos de la vida pesada, aunque con mayor gravedad; otros, sin embargo, no volverían a encontrar ya nunca la senda que les devolviera a la cuaresma.
 
 
Italo Svevo (Italia, 1861-1928).

domingo, 23 de julio de 2017

Carnaval: RETRATO DEL ARTISTA ADOLESCENTE, de James Joyce

"... como en esa noche del baile de carnaval, con un ligero revuelo de su traje blanco..."

(Fragmento)
 
En ciertos momentos los ojos de ella parecían a punto de entregarle su confianza, pero había aguardado en vano. Y ahora la veía danzando con ligereza en su memoria, como en esa noche del baile de carnaval, con un ligero revuelo de su traje blanco y un ramo de flores blancas sacudiéndose en su cabello. Danzaba con ligereza en la ronda. Se acercaba a él y, al hacerlo, su mirada se apartaba y un tenue rubor se extendía por sus mejillas.

James Joyce (Irlanda, 1882-1941)
 
(Traducido al español por Miguel Martínez Sarmiento)

sábado, 22 de julio de 2017

Carnaval: LAS MÁSCARAS DE LOS ILLUMINATI, de Robert Anton Wilson

"Pensaba que un nuevo mundo se abriría ante mí, un mundo lleno de magia y maravilla. Lo que encontré, naturalmente, fue el más vulgar carnaval..."

(Fragmento de la Tercera Parte)

El viento silbante se calló en tres ocasiones, casi amainando: pero las mismas tres veces volvió a la carga, tan cálido y enloquecedor como siempre; la paciencia de la gente empezaba a quebrantarse.
 
Einstein, Joyce y Babcock estaban reunidos nuevamente; en aquella ocasión en el estudio de Einstein, donde habían quedado a las tres. El profesor parecía era el más alegre del trío, pues se había recuperado de la larga noche anterior con la única ayuda de unas pocas horas de sueño y la estimulación intelectual de su clase de Física del mediodía. Joyce estaba todavía un poco descolgado, y se le notaba. Babcock, tras yacer espasmódico en un diván del salón de Joyce durante casi toda la mañana, apenas se encontraba algo menos desesperado que la noche anterior.
 
- Bien, Jeem -empezó Einstein-, honestamente: ¿qué le parecen las notables aventuras de nuestro amigo?
 
- ¿Honestamente? -repitió Joyce-. Empiezo a preguntarme si tales cosas son posibles.
 
Einstein no respondió; pero su mirada era una clara invitación a Joyce para que continuase.
 
- En una ocasión -comentó Joyce pensativamente-, una feria llamada Arabia llegó a Dublín. Yo me podía pasar diez horas diarias devorando toda clase de literatura romántica sobre el misterioso Oriente, los secretos de los sufíes, la magia de los derviches, Aladino y Ali Babá y cosas de ese tipo. ¿Puedes imaginarte lo que significó para mi la palabra «Arabia»? Mi impaciencia y excitación según se acercaba el día de la feria eran del mismo orden que mis emociones, pocos años después, cuando, nervioso, penetré en el Distrito de las Luces Rojas para buscar una prostituta por primera vez. Pensaba que un nuevo mundo se abriría ante mí, un mundo lleno de magia y maravilla. Lo que encontré, naturalmente, fue el más vulgar carnaval, dedicado a entretener a los palurdos y vaciar los bolsillos de los más lerdos.
 
Babcock miró confundido al oír el discurso; Einstein se mostraba solemne. El silencio duró hasta que Joyce volvió a hablar.
 
- Mr. William Butler Yeats y sus amigos -continuó Joyce, sin más-, vivían en Arabia. Para ellos era real. Ciertamente, más real que sus sirvientes. Avanzamos todos los días por el mundo de la experiencia pero mentalmente vamos tan desnudos como Adán en el Edén. Me atrevería a decir que sólo tenemos ciertas ideas fijas acerca de si ir al bar de la esquina, a la feria llamada Arabia, o al Polo Sur con Amundsen. Si un carterista entrase en esta habitación, buscaría carteras que saquear; si a Sócrates le hicieran pasar a la feria llamada Mileva -se inclinó caballeroso hacia la cocina, donde la señora Einstein podría estar escuchando-, Sócrates buscaría mentes a las que poder preguntar. Si Mr. Yeats estuviera aquí, sólo vería meras sombras materiales de las Eternas Ideas Espirituales conocidas como Ciencia -señalando a Einstein-, Arte –apuntándose irónico a sí mismo- y Misticismo -marcó a Sir John-. Veo a tres personas con vidas diferentes -concluyó abruptamente.
 
- Con todo esto -preguntó Einstein con sequedad-, ¿quiere decir que la gente del Amanecer Dorado no parece más loca que el resto del mundo?
 
- Estoy diciendo -replicó Joyce- que puedo ver al mundo del mismo modo que Yeats y los ocultistas: como una aventura espiritual llena de Profecías y Símbolos. También puedo verlo, si lo prefiero, como me enseñaron a pensar los jesuitas cuando era joven: como un valle de lágrimas y una red de pecado. O puedo considerarlo según la épica homérica, o como una deprimente y novela naturalista de Zola. Me interesa estudiar todas las facetas. Sir John se inclinó hacia adelante, repentinamente interesado.
 
- Creo que empiezo a comprenderle un poco –dijo-. Afirma que yo vivo en una novela gótica mientras usted prefiere hacerlo en una de Zola.
 
- No exactamente -contestó Joyce-. La escuela de Zola es unidimensional. Yo busco una visión multidimensional. Quiero ver el fondo de las novelas góticas, de las de Zola y de todas las mascaradas para ver luego más allá.
 
- Fascinante -confesó Einstein-. Fascinante.
 

Robert Anton Wilson (Estados Unidos, 1932-2007)

jueves, 20 de julio de 2017

Carnaval: CEREMONIA SECRETA, de Marco Denevi

"... se quitó la ropa manchada de sangre..."

(Fragmentos finales)

Hasta que, una noche de carnaval, las pisadas se detuvieron, la inmensa puerta se abrió, y Cecilia, lanzando un grito, saltó fuera del sueño.

Estaba acostada en el dormitorio de su madre, en la cama de su madre. A su lado, una desconocida, vestida y peinada como su madre, la miraba con ojos desencajados.

- ¿Quién es usted? -le preguntó, débilmente, tratando de incorporarse. Pero las fuerzas la abandonaron y debió apoyar nuevamente la cabeza sobre la almohada.

Lejos, se oía un estrépito como el de un chorro de agua cayendo en un tanque vacío. Y al mismo tiempo el chorro de agua producía una música estridente.

- ¿Qué es todo ese ruido? -dijo, y volvió los ojos hacia la ventana, a través de la cual se veía un resplandor purpúreo.

Escuchó la voz de la desconocida:

- Es el corso de la Avenida de Mayo, Cecilia.

(...)
 
Afuera, en la tarde de carnaval, Suipacha dormitaba.

Transcurrieron varias horas, lentas como días. Llegó la noche. En la Avenida de Mayo se encendieron luces multicolores, estalló la música, el corso recomenzaba su algarabía.

Y la señorita Leonides, de pie junto a la ventana, seguía esperando. Sólo sus labios se movían como si rezase. El resto de su cuerpo permanecía en un letargo de cocodrilo. Pero desde el fondo de las órbitas, sus ojos filtraban una mirada de sílice. Esa mirada no veía los grupos de gentes que afluían hacia el corso. Esa mirada apuntaba, a través de la ciudad, a un solo sitio, ignorado y adivinado. Y esa mirada descubrió enseguida a la mujer que se detenía frente a la puerta.
 
La mujer dudó un instante. Después entró. Vio la urna de caoba. Vio, más lejos, una puerta abierta, y el resplandor de los cirios. Se acercó a esa puerta y la franqueó. Vio los dos ataúdes. Se aproximó primero a uno, después a otro, se asomó a esos abismos y los miró como desde un parapeto. Parecía perpleja y levemente asustada. En ese momento oyó que alguien, a sus espaldas, la llamaba:
 
- Belena.
 
Se dio vuelta.
 
Sus espléndidos ojos, de bordes firmemente diseñados, se dilataron de estupor. Iba a gritar, cuando sintió como si entre los pechos se le hubiera reventado una llaga, y un líquido ardiente y seroso le corriera por la piel, bajo el vestido. Un repentino sopor la poseyó. Quiso mover la cabeza, agitar un brazo, librarse de ese sueño absurdo que la vencía, pero no lo logró y cayó pesadamente, entre el alborozado parpadeo de los pabilos.
 
Entonces la señorita Leonides se irguió. Una gota de sudor le corría por el pómulo, se la enjugó maquinalmente con la mano, que le temblaba convulsamente, miró por última vez a Cecilia, le sonrió y salió.
 
En el dormitorio de Guirlanda Santos depositó el estilete sobre la repisa de los libros, se quitó la ropa manchada de sangre, se puso su vestido negro, su tapado negro, el litúrgico sombrero negro en forma de turbante, al brazo se colgó la cartera que semejaba un enorme higo podrido, descendió a la planta baja, y sin apagar ninguna luz, sin cerrar ninguna puerta, salió a la calle y se alejó.
 
Un grupo de enmascarados la saludó haciendo restallar la seca risa lúgubre de las matracas.
 

Marco Denevi (Argentina, 1922-1998).

miércoles, 19 de julio de 2017

Carnaval: EL ÁNGEL QUE NOS MIRA, de Thomas Wolfe

"... y el gran espectáculo del carnaval en la calle Canal; las carrozas engalanadas, las sonrientes bellezas..."
 
(Fragmento del capítulo seis)
 
El invierno siguiente fue a Nueva Orleans para las fiestas de carnaval llevándose también a su hijo menor. Eugene recordaba las enormes cisternas en el patio de atrás de la casa de la tía Mary, los fuertes ronquidos de Mary, que hacían temblar las ventanas por la noche, y el gran espectáculo del carnaval en la calle Canal; las carrozas engalanadas, las sonrientes bellezas, los desfiles y los soldados, las máscaras grotescas y fantásticas. Y volvió a ver barcos anclados al pie de la calle Canal, y sus altas proas asomándose sobre la calle desde detrás del malecón; y, en los cementerios, las tumbas elevadas sobre el suelo, «porque -decía Oll, el sobrino de Gant- el agua de mar los corrompe más de prisa».
 
Y recordaba los olores del mercado francés, el fuerte aroma del café que tomaba allí, y la vida exótica de la alegría dominguera de la ciudad, con los teatros abiertos, el ruido de martillos y de sierras, y el aire festivo de la muchedumbre. Visitó a los Boyle, antiguos huéspedes de Dixieland, que vivían en el barrio viejo francés, y durmió por la noche con Frank Boyle en una gran habitación oscura, débilmente iluminada con candelas. Tenían como cocinera a una vieja negra que solo hablaba francés y que volvía del mercado por la mañana, temprano, trayendo una enorme cesta llena de verduras, frutas tropicales, aves y carne. Cocinaba platos extraños y deliciosos que él nunca había probado: fuerte quimbombó, filetes con guarnición, aves con salsa.
 
Y contemplaba la enorme serpiente amarilla del río, soñando en sus lejanas playas, en los innumerables estuarios rebosantes de vegetación tropical, en la vida romántica de las plantaciones y de los campos de caña que lo flanqueaban, en la luz de la luna, en los negritos que bailaban en el malecón, en las luces lentas del dorado barco fluvial y en la carne perfumada de mujeres de negros cabellos, espectros musicales al pie de unos árboles que, con sus ramas caídas, parecían fantasmas.
 
Hacía poco que habían regresado del carnaval cuando, una ventosa noche de invierno en que Eugene dormía en casa de Gant, los terribles gritos de su padre despertaron a toda la casa. Gant había estado bebiendo desaforadamente, día tras día. Eugene tenía que ir por las tardes a buscarlo al taller y, al ponerse el sol, con la ayuda de Jannadeau, lo traía a casa, detrás del derrengado caballo del negro y lanzando gritos de borracho.


Thomas Wolfe (Estados Unidos, 1900-1938).
 
(Traducido al español por José Ferrer Aleu)

martes, 18 de julio de 2017

Carnaval: HABLA MÁS SUAVE, de Adam Zagajewski

"... tristes Madonnas que ansiaban ser muchachas normales y bailar en carnaval."

Habla más suave: eres mayor que aquel
que fuiste tanto tiempo; eres mayor
que tú mismo y sigues sin saber
qué es la ausencia, el oro, la poesía.
 
El agua sucia anegó la calle; una tormenta breve
sacudió esta ciudad plana, adormecida.
Cada tormenta es un adiós, cientos de fotógrafos
parecen sobrevolarnos, inmortalizar con flash
segundos de miedo y pánico.
 
Sabes qué es el duelo, la desesperación
violenta que ahoga el ritmo cardiaco y el futuro.
Entre extraños llorabas, en un moderno almacén
donde el dinero, ágil, sin cesar, circulaba.
 
Has visto Venecia, y Siena, y en los lienzos, en la calle,
jovencísimas, tristes Madonnas que ansiaban ser
muchachas normales y bailar en carnaval.
 
Has visto incluso pequeñas urbes, nada bonitas,
gente vieja extenuada por el sufrimiento y el tiempo.
Ojos de santos morenos brillando en iconos
medievales, ojos ardientes de bestias salvajes.
 
Entre los dedos cogías guijarros de la playa La Galere,
y de pronto sentías por ellos una inmensa ternura,
por ellos y por el pino frágil, por todos los que allí
estuvieron contigo y por el mar,
que aunque potente, es tan solitario.
 
Una ternura inmensa, como si fuésemos huérfanos
de la misma casa, para siempre apartados los unos de los otros,
condenados a breves momentos de visitas
en las frías cárceles de la actualidad.
 
Habla más suave: ya no eres joven,
el éxtasis ha de pactar con semanas de ayuno,
has de elegir y abandonar, dar largas
 
y hablar extensamente con embajadores de secos países
y labios cuarteados, has de esperar,
escribir cartas, leer libros de quinientas páginas.
Habla más suave. No abandones la poesía.
 
Adam Zagajewski (Polaco nacido en Ucrania, 1945).
 
(Traducido al español por Elzbieta Bortkiewicz).

lunes, 17 de julio de 2017

Carnaval: LAS MEMORIAS DE LORD BYRON, de Robert Nye

"Qué agradable es hacer el amor dentro de una góndola encortinada..."
 
(Fragmento del capítulo XII)

Vuelve a ser época de carnaval en Venecia y durante los últimos días no me he acostado hasta las siete i las ocho de la mañana. Sólo para sumarlo al resto de mis problemas y aflicciones, permítaseme anotar aquí que, además, estoy infamemente enamorado de la mujer más estrambótica que jamás he conocido, una condesa de Ravena de diecinueve años, llamada Teresa Guiccioli, que está casada con un individuo de más de cincuenta. Qué agradable es hacer el amor dentro de una góndola encortinada a una muchacha de la ciudad donde está enterrado Dante. Shelley, nada más al conocerla, se ha pronunciado sobre ella diciendo que, en su opinión, constituye una clara mejora, no sólo con respecto a Margarita sino también en comparación con las ragazza de alquiler que ocuparon el lugar de Margarita. Mi ardiente condesita, dice el autor de La reina Mab, es «sentimental, inocente y superficial». De modo y manera que es lo que me conviene.

Robert Nye (Inglaterra, 1939-2016).

domingo, 16 de julio de 2017

Carnaval: POEMA SIN HÉROE, de Ana Ajmátova

"... solo el espejo con el espejo sueña y el silencio solo vigila al silencio."  

(Fragmento de la segunda parte: Cruz)
 
VIII
 
Ni por asomo es un carnaval romano
de medianoche. El querúbico canto
tiembla junto a los cerrados templos.
Nadie viene a llamar a mi puerta,
solo el espejo con el espejo sueña
y el silencio solo vigila al silencio.
 
(Карнавальной полночью римской
И не пахнет. Напев Херувимской
У закрытых церквей дрожит.
В дверь мою никто не стучится,
Только зеркало зеркалу снится,
Тишина тишину сторожит.)
  
  Ana Ajmátova (Rusa nacida en Ucrania, 1889-1966).

(Traducido al español por Ester Rabasco Macías)

sábado, 15 de julio de 2017

Carnaval: UNA VENGANZA, de Isabel Allende


(Fragmento)

El mediodía radiante en que coronaron a Dulce Rosa Orellano con los jazmines de la Reina del Carnaval, las madres de las otras candidatas murmuraron que se trataba de un premio injusto, que se lo daban a ella sólo porque era la hija del Senador Anselmo Orellano, el hombre más poderoso de toda la provincia. Admitían que la muchacha: resultaba agraciada, tocaba el piano y bailaba como ninguna, pero había otras postulantes a ese galardón mucho más hermosas. La vieron de pie en el estrado, con su vestido de organza y su corona de flores saludando a la muchedumbre y entre dientes la maldijeron. Por eso, algunas de ellas se alegraron cuando meses más tarde el infortunio entró en la casa de los Orellano sembrando tanta fatalidad, que se necesitaron veinticinco años para cosecharla.
 
La noche de la elección de la reina hubo baile en la Alcaldía de Santa Teresa y acudieron jóvenes de remotos pueblos para conocer a Dulce Rosa. Ella estaba tan alegre y bailaba con tanta ligereza que muchos no percibieron que en realidad no era la más bella, y cuando regresaron a sus puntos de partida dijeron que jamás habían visto un rostro como el suyo. Así adquirió inmerecida fama de hermosura y ningún testimonio posterior pudo desmentirla. La exagerada descripción de su piel traslúcída y sus ojos diáfanos, pasó de boca en boca y cada quien le agregó algo de su propia fantasía. Los poetas de ciudades apartadas compusieron sonetos para una doncella hipotética de nombre Dulce Rosa.
 
El rumor de esa belleza floreciendo en la casa del Senador Orellano llegó también a oídos de Tadeo Céspedes, quien nunca imaginó conocerla, porque en los años de su existencia no había tenido tiempo de aprender versos ni mirar mujeres. Él se ocupaba sólo de la Guerra Civil. Desde que empezó a afeitarse el bigote tenía un arma en la mano y desde hacía mucho vivía en el fragor de la pólvora. Había olvidado los besos de su madre y hasta los cantos de la misa. No siempre tuvo razones para ofrecer pelea, porque en algunos períodos de tregua no había adversarios al alcance de su pandilla, pero incluso en esos tiempos de paz forzosa vivió como un corsario. Era hombre habituado a la violencia. Cruzaba el país en todas direcciones luchando contra enemigos visibles, cuando los había, y contra las sombras, cuando debía inventarlos, y así habría continuado sí su partido no gana las elecciones presidenciales. De la noche a la mañana pasó de la clandestinidad a hacerse cargo del poder y se le terminaron los pretextos para seguir alborotando.
 
La última misión de Tadeo Cérpedes fue la expedición punitiva a Santa Teresa. Con ciento veinte hombres entró al pueblo de noche para dar un escarmiento y eliminar a los cabecillas de la oposición. Balearon las ventanas de los edificios públicos, destrozaron la puerta de la iglesia y se metieron a caballo hasta el altar mayor, aplastando al Padre Clemente que se les plantó por delante, y siguieron al galope con un estrépito de guerra en dirección a la villa del Senador Orellano, que se alzaba plena de orgullo sobre la colina.
 
A la cabeza de una docena de sirvientes leales, el Senador esperó a Tadeo Céspedes, después de encerrar a su hija en la última habitación del patio y soltar a los perros. En ese momento lamentó, como tantas otras veces en su vida, no tener descendientes varones que lo ayudaran a empuñar las armas y defender el honor de su casa. Se sintió muy viejo, pero no tuvo tiempo de pensar en ello, porque vio en las laderas del cerro el destello terrible de ciento veinte antorchas que se aproximaban espantando a la noche. Repartió las últimas municiones en silencio. Todo estaba dicho y cada uno sabía que antes del amanecer debería morir como un macho en su puesto de pelea.

- El último tomará la llave del cuarto donde está mí hija y cumplirá con su deber -dijo el Senador al oír los primeros tiros.

Todos esos hombres habían visto nacer a Dulce Rosa y la tuvieron en sus rodillas cuando apenas caminaba, le contaron cuentos de aparecidos en las tardes de invierno, la oyeron tocar el piano y la aplaudieron emocionados el día de su coronación como Reina del Carnaval. Su padre podía morir tranquilo, pues la niña nunca caería viva en las manos de Tadeo Céspedes. Lo único que jamás pensó el Senador Orellano fue que a pesar de su temeridad en la batalla, el último en morir sería él. Vio caer uno a uno a sus amigos y comprendió por fin la inutilidad de seguir resistiendo. Tenía una bala en el vientre y la vista difusa, apenas distinguía las sombras trepando por las altas murallas de su propiedad, pero no le falló el entendimiento para arrastrarse hasta el tercer patio. Los perros reconocieron su olor por encima del sudor, la sangre y la tristeza que lo cubrían y se apartaron para dejarlo pasar. Introdujo la llave en la cerradura, abrió la pesada puerta y a través de la niebla metida en sus ojos vio a Dulce Rosa aguardándolo. La niña llevaba el mismo vestido de organza usado en la fiesta de Carnaval y había adornado su peinado con las flores de la corona.


Isabel Allende (Chilena nacida en Perú y nacionalizada estadounidense, 1942).

La ilustración corresponde a la puesta en escena de la ópera Dulce Rosa inspirada en el relato Una venganza de Isabel Allende y estrenada en Eli & Edythe Broad Stage de Santa Mónica, California, en mayo de 2013.

viernes, 14 de julio de 2017

Carnaval: EL LABERINTO DEL MUNDO, de Marguerite Yourcenar

 
(Fragmento)

¿Qué clase de aventura puede esperarse en la Ópera, en medio del hormigueo de una multitud encapuchada y con antifaces negros, que fluye o se aglutina tan incomprensible como una hilera de hormigas o una cresa de abejas? ¿Una impura que juega a ser una gran dama disfrazada de mujer galante, y a quien vigila un chulo desde lejos? ¿Una mundana disfrazada de soltera y a la que sigue su marido celoso sin que ella se dé cuenta? ¿Una doncella engalanada por una noche con las joyas de su ama que finge ser una mujer de mundo? Más valdría dedicarle la noche a la amable y acomodaticia Blanchette (le escojo este nombre), de oficio pasamanera (también su oficio es elegido por mí), a quien tan fácil es distraer los domingos, tras una hora de intimidad en la cama, ofreciéndole cuando llueve ir a visitar el Louvre, y cuando hace buen tiempo, dar un lento paseo por los jardines del Luxemburgo. Con esta clase de mujeres, no se deja uno embaucar.
 
Evoca sin placer la algarabía de risas tontas desencadenadas por unas réplicas que no merecen la pena, el tono agudo de las chanzas tradicionales, el relente de los perfumes y pomadas de las mujeres. Aún suponiendo que él lleve a cenar al Cadran Bleu o al Frères Provençaux a una bella desconocida, sabe a qué atenerse sobre la obsequiosidad licenciosa del mozo que le abre la puerta de un gabinete reservado, con el olorcillo aún no disipado de la comida anterior y la bocanada de polvo que se desprende del canapé de reps rojo cuando la hermosa se deja caer en él. ¿Estará sana, por lo menos? El recuerdo del museo Dupuytren, adonde su padre, Charles-Augustin, lo llevó durante una de las visitas que hace regularmente a París para consultar a sus médicos, ensució un instante la mente del joven. ¿Es obligatorio que él haga el amor con un dominó desconocido sólo porque hoy es martes de Carnaval?


Marguerite Yourcenar (Escritora en lengua francesa nacida en Bélgica, educada en Francia y afincada en Estados Unidos, donde falleció. Tenía doble nacionalidad, francesa y estadounidense; 1903-1987)
 
La ilustración corresponde a Baile de máscaras en la Ópera, del pintor belga Charles Hermans. 

jueves, 13 de julio de 2017

Carnaval: CAPRICHO, de Alfonsina Storni

"... fruto de carnaval decorado en escamas de serpientes del mal."

Escrútame los ojos sorpréndeme la boca,
sujeta entre tus manos esta cabeza loca;
dame a beber veneno, el malvado veneno
que moja los labios a pesar de ser bueno.

Pero no me preguntes, no me preguntes nada
de por qué lloré tanto en la noche pasada;
las mujeres lloramos sin saber, porque sí.
Es esto de los llantos pasaje baladí.

Bien se ve que tenemos adentro un mar oculto,
un mar un poco torpe, ligeramente oculto,
que se asoma a los ojos con bastante frecuencia
y hasta lo manejamos con una dúctil ciencia.

No preguntes amado, lo debes sospechar:
en la noche pasada no estaba quieto el mar.
Nada más. Tempestades que las trae y las lleva
un viento que nos marca cada vez costa nueva.

Sí, vanas mariposas sobre jardín de Enero,
nuestro interior es todo sin equilibrio y huero.
Luz de cristalería, fruto de carnaval
decorado en escamas de serpientes del mal.

Así somos, ¿no es cierto? Ya lo dijo el poeta:
deseamos y gustamos la miel en cada copa
y en el cerebro habemos un poquito de estopa.

Bien. No, no me preguntes. Torpeza de mujer,
capricho, amado mío, capricho debe ser.
Oh, déjame que ría. ¿No ves que tarde hermosa?
Espínate las manos y córtame una rosa.

 
Alfonsina Storni (Argentina nacida en Suiza, 1892-1938)

miércoles, 12 de julio de 2017

Carnaval: RELATO SOÑADO, de Arthur Schnitzler

"... una muchacha graciosa y muy joven, casi una niña aún, vestida de Pierrette..."
 
(Fragmento)

- Pero si ya te lo he dicho… sin disfraz y sin máscara…

- Hay tiendas que los alquilan.

- ¡A la una de la madrugada!

Escúchame, Nachtigall. En la esquina de la Wickenburgstrasse hay un establecimiento de ésos. Todos los días paso unas cuantas veces por delante de su muestra -y apresuradamente, con creciente excitación-: Quédate aquí un cuarto de hora más, Nachtigall, y entretanto probaré allí mi suerte. El propietario del establecimiento vivirá probablemente en la misma casa. Si no… renunciaré. Que el destino decida. En esa misma casa hay un café, Café Vindobonna se llama, creo. Le dices al cochero… que has olvidado algo en él, entras, yo te espero cerca de la puerta, tú me dices rápido la contraseña y vuelves a subir al coche; yo, si he conseguido procurarme un disfraz, cogeré rápidamente otro coche y te seguiré… y el resto ya se verá. Tu riesgo, Nachtigall, te doy mi palabra, lo asumiré yo en cualquier caso.

Nachtigall había tratado de interrumpir a Fridolin varias veces, pero en vano. Fridolin arrojó el dinero de la cuenta sobre la mesa, con una propina demasiado generosa que le pareció apropiada al estilo de aquella noche, y salió. Fuera había un coche cerrado e, inmóvil en el pescante, un cochero, totalmente de negro, con chistera…; como un coche fúnebre, pensó Fridolin. Al cabo de unos minutos, con paso rápido, llegó a la casa de la esquina que buscaba, llamó y preguntó al portero si Gibisier, el del alquiler de disfraces, vivía allí, confiando en secreto en que no viviera. Pero Gibisier vivía efectivamente allí, en el piso situado debajo del establecimiento, y el portero no pareció siquiera muy sorprendido de aquella visita tardía, sino que, afable por la considerable propina que Fridolin le dio, observó que, durante los Carnavales, no era tan raro que viniera gente a aquellas horas de la noche para alquilar disfraces. Alumbró desde abajo con su vela hasta que Fridolin llamó en el primer piso. El señor Gibisier, como si hubiera estado aguardando a la puerta, le abrió en persona; era delgado, barbilampiño y calvo, y llevaba una bata de flores pasada de moda y un fez con borla, por lo que parecía un ridículo anciano de comedia. Fridolin le expuso sus deseos, mencionando que el precio no importaba, a lo que el señor Gibisier, casi desdeñoso, observó:

- Yo sólo cobro lo debido y nada más.

Hizo subir a Fridolin a la tienda por una escalera de caracol. Olía a seda, terciopelo, perfumes, polvo y flores secas; de la flotante oscuridad surgían destellos plateados y rojos; y de pronto brillaron una multitud de pequeñas lamparillas entre los abiertos armarios de un pasillo estrecho y largo que se perdía hacia el fondo en tinieblas. A derecha e izquierda colgaban disfraces de toda clase; a un lado caballeros, escuderos, aldeanos, cazadores, sabios, orientales, bufones; al otro damas de la corte, doncellas, aldeanas, camareras, reinas de la noche. Encima de los disfraces estaban los correspondientes sombreros, y Fridolin tuvo la impresión de avanzar por una avenida de ahorcados a punto de invitarse a bailar mutuamente. El señor Gibisier lo seguía.

- ¿Desea el señor algo especial? ¿Luis XIV? ¿Directorio? ¿Alemán antiguo?

- Necesito una cogulla oscura de monje y una máscara negra, nada más.

En ese momento se oyó al fondo del pasillo un tintineo de cristal. Fridolin, asustado, miró a la cara al del alquiler de máscaras, como si éste tuviera que darle una explicación inmediata. Gibisier, sin embargo, permaneció imperturbable, buscando a tientas un conmutador escondido en alguna parte… y una claridad cegadora se derramó enseguida hasta el fondo del pasillo, en donde pudo verse una mesita cubierta de platos, vasos y botellas. De dos sillas, a derecha e izquierda, se levantaron sendos jueces de la Santa Vehme con togas rojas, mientras al mismo instante desaparecía una criatura luminosa y delicada. Gibisier se precipitó hacia allí a grandes zancadas, metió la mano bajo la mesa y sacó una peluca blanca, mientras al mismo tiempo, después de salir reptando de debajo de la mesa, una muchacha graciosa y muy joven, casi una niña aún, vestida de Pierrette y con medias de seda blancas, venía corriendo por el pasillo hacia Fridolin, que no tuvo más remedio que recibirla en sus brazos. Gibisier había dejado caer la peluca blanca sobre la mesa y tenía sujetos a derecha y a izquierda, por los pliegues de sus togas, a los jueces de la Santa Vehme. Al mismo tiempo gritó a Fridolin:
 
- Señor, sujete a esa chica.
 
La pequeña se apretaba contra Fridolin, como si él debiera protegerla. Tenía la estrecha carita empolvada de blanco y con lunares postizos, y de sus delicados pechos ascendía un perfume de rosas y polvos... sus ojos sonreían con picardía y sensualidad.

 - Señores -exclamó Gibisier-, se van a quedar aquí hasta que los entregue a la policía.

 - ¿Pero qué se imagina? -exclamaron los dos. Y, al unísono-: Hemos aceptado una invitación de la señorita.

Gibisier los soltó, y Fridolin oyó cómo les decía:

- Sobre eso tendrán que explicarse mejor. ¿O es que no se dieron cuenta de inmediato que se trataba de una loca? -Y, volviéndose a Fridolin-: Perdone este incidente, señor.

- Oh, no importa -dijo Fridolin.

Hubiera preferido quedarse allí o llevarse consigo a la pequeña, a donde fuera… y cualesquiera que fueran las consecuencias. Ella lo miraba seductora e infantilmente, como hechizada. Los jueces de la Santa Vehme, al fondo del pasillo, conversaban entre sí excitados; Gibisier se volvió seriamente a Fridolin y le preguntó:

- ¿Quería una cogulla, señor, un sombrero de peregrino, una máscara?

- No -dijo Pierrette con ojos brillantes-, tienes que darle a este señor un manto de armiño y un jubón de seda roja.
 
- Tú no te muevas de aquí -le dijo Gibisier, y señaló una cogulla oscura que colgaba entre un lansquenete y un senador veneciano-. Ésa es de su talla, y aquí está el sombrero a juego; cójalos, vamos.
 

Arthur Schnitzler (Austria, 1862-1931)

martes, 11 de julio de 2017

Carnaval: DE REPENTE, EN EL VERANO, de Tennessee Williams

 
(Fragmento de la cuarta escena)

Doctor: ¿Qué sucedió el invierno pasado?
 
Catalina: Fui a un baile de carnaval, el martes de carnaval, con un muchacho que después se puso muy borracho y no se podía sostener de pie. (Risa breve) Yo ya me quería ir a casa. En el guardarropas no podían encontrar mi abrigo. Quédenselo, les dije, y salí a la calle a buscar un taxi. En eso, alguien me tomó del brazo y me dijo: "Yo te llevo en mi auto". Se quitó el saco y lo puso sobre mis hombros, lo miré, y la verdad es que nunca antes lo había visto. Me llevaba a casa pero se detuvo en el camino. Paró cerca del bosque de robles que está cerca de la Costanera. encendió un cigarrillo. Nada más. Estábamos dentro del coche y yo entendí. Creo que me bajé del auto antes que él, y caminamos por el pasto húmedo en dirección de los robles envueltos en la bruma, como si nos estuvieran pidiendo ayuda desde allá dentro. (Pausa. Queda el sonido de un solo pájaro).

Doctor: ¿Y después?
 
Catalina: Lo perdí. Me llevó de vuelta a la casa y me dijo algo horrible: "Mejor olvidemos todo. Mi mujer está embarazada y..." Entré en la casa, me senté, me quedé pensando por un rato hasta que de pronto llamé un taxi para volver al lugar, a la fiesta del carnaval. El baile sigue y pienso que "regresé a buscar la estola de visón que me prestó mi tía Violeta". Pero no. Regreso para hacerle una escena. Me paro en medio de la pista, lo ubico, corro hacia él y comienzo a golpearlo con los puños cada vez más fuerte, en la cara, en el pecho, hasta que... mi primo Sebastián tiene que sacarme de allí. A la mañana siguiente empecé a escribir mi diario en tercera persona. Por ejemplo: "Ella está todavía viva esta mañana. Y en esta caso ella quiere decir yo. ¿Y ahora que le espera a ELLA? ¡Sabrá Dios! Dejé de salir. Ya no podía. Una mañana, Sebastián entró a mi recámara para decirme: "Levántate". Bueno, cuando se continúa con vida después de haber estado muerta, uno es obediente. Me llevó al centro a un lugar donde sacan fotos para pasaportes y me dijo: "Mamá no puede viajar conmigo este verano y vas a venir en su lugar". Si no me lo cree, lea mi diario cuando estábamos en París: "ELLA se levantó al amanecer esta mañana, desayunó, se vistió y fue a dar un breve paseo. ¡Del hotel Plaza al Arco del Triunfo como perseguida por una jauría de lobos de Siberia!" (Se ríe con risa cansada. Fatigada). Ella, yo... pasaba todos los semáforos en rojo, no podía esperar la luz verde. ¿Dónde iba? ¿Regresaba al bosque de robles? Allí todo era frío y oscuro, excepto la boca de él, ¡caliente y voraz!
 
 
Tennessee Williams: Thomas Lanier Williams (Estados Unidos, 1911-1983)

lunes, 10 de julio de 2017

Carnaval: CLEOPATRA, de Mario Benedetti

"Así mis hermanos fueron: un mosquetero, un pirata, un cura, un marciano y un esgrimista. Yo era Cleopatra..."
 
El hecho de ser la única mujer entre seis hermanos me había mantenido siempre en un casillero especial de la familia. Mis hermanos me tenían (todavía me tienen) afecto, pero se ponían bastante pesados cuando me hacían bromas sobre la insularidad de mi condición femenina. Entre ellos se intercambiaban chistes, de los que por lo común yo era destinataria, pero pronto se arrepentían, especialmente cuando yo me echaba a llorar, impotente, y me acariciaban o me besaban o me decían: Pero, Mercedes, ¿nunca aprenderás a no tomarnos en serio?
 
Mis hermanos tenían muchos amigos, entre ellos Dionisio y Juanjo, que eran simpáticos y me trataban con cariño, como si yo fuese una hermana menor. Pero también estaba Renato, que me molestaba todo lo que podía, pero sin llegar nunca al arrepentimiento final de mis hermanos. Yo lo odiaba, sin ningún descuento, y tenía conciencia de que mi odio era correspondido.
 
Cuando me convertí en una muchacha, mis padres me dejaban ir a fiestas y bailes, pero siempre y cuando me acompañaran mis hermanos. Ellos cumplían su misión cancerbera con liberalidad, ya que, una vez introducidos ellos y yo en el jolgorio, cada uno disfrutaba por su cuenta y sólo nos volvíamos a ver cuando venían a buscarme para la vuelta a casa.
 
Sus amigos a veces venían con nosotros, y también las muchachas con las que estaban más o menos enredados. Yo también tenía mis amigos, pero en el fondo habría preferido que Dionisio, y sobre todo Juanjo, que me parecía guapísimo, me sacaran a bailar y hasta me hicieran alguna “proposición deshonesta”. Sin embargo, para ellos yo seguía siendo la chiquilina de siempre, y eso a pesar de mis pechitos en alza y de mi cintura, que tal vez no era de avispa, pero sí de abeja reina. Renato concurría poco a esas reuniones, y, cuando lo hacía, ni nos mirábamos. La animadversión seguía siendo mutua.
 
En el carnaval de 1958 nos disfrazamos todos con esmero, gracias a la espontánea colaboración de mamá y sobre todo de la tía Ramona, que era modista. Así mis hermanos fueron, por orden de edades: un mosquetero, un pirata, un cura párroco, un marciano y un esgrimista. Yo era Cleopatra, y por si alguien no se daba cuenta, a primera vista, de a quién representaba, llevaba una serpiente de plástico que me rodeaba el cuello. Ya sé que la historia habla de un áspid, pero a falta de áspid, la serpiente de plástico era un buen sucedáneo. Mamá estaba un poco escandalizada porque se me veía el ombligo, pero uno de mis hermanos la tranquilizó: “No te preocupes, vieja, nadie se va a sentir tentado por ese ombliguito de recién nacido.”
 
A esa altura yo ya no lloraba con sus bromas, así que le di al descarado un puñetazo en pleno estómago, que le dejó sin habla por un buen rato. Rememorando viejos diálogos, le dije: “Disculpa, hermanito, pero no es para tanto”, ¿cuándo aprenderás a no tomar en serio mis golpes de kárate?
 
Nos pusimos caretas o antifaces. Yo llevaba un antifaz dorado para no desentonar con la pechera áurea de Cleopatra. Cuando ingresamos en el baile (era un club de Malvín) hubo murmullos de asombro, y hasta aplausos. Parecíamos un desfile de modelos. Como siempre nos separamos y yo me divertí de lo lindo. Bailé con un arlequín, un domador, un paje, un payaso y un marqués. De pronto, cuando estaba en plena rumba con un chimpancé, un cacique piel roja, de buena estampa, me arrancó de los peludos brazos del primate y ya no me dejó en toda la noche. Bailamos tangos, más rumbas, boleros, milongas, y fuimos sacudidos por el recién estrenado seísmo del rock and roll. Mi pareja llevaba una careta muy pintarrajeada, como correspondía a su apelativo de Cara Rayada.
 
Aunque forzaba una voz de máscara que evidentemente no era la suya, desde el primer momento estuve segura de que se trataba de Juanjo (entre otros indicios, me llamaba por mi nombre) y mi corazón empezó a saltar al compás de ritmos tan variados. En ese club nunca contrataban orquestas, pero tenían un estupendo equipo sonoro que iba alternando los géneros, a fin de (así lo habían advertido) conformar a todos. Como era de esperar, cada nueva pieza era recibida con aplausos y abucheos, pero en la siguiente era todo lo contrario: abucheos y aplausos. Cuando le llegó el turno al bolero, el cacique me dijo: Esto es muy cursi, me tomó de la mano y me llevó al jardín, a esa altura ya colmado de parejas, cada una en su rincón de sombra.
 
Creo que ya era hora de que nos encontráramos así, Mercedes, la verdad es que te has convertido en una mujercita. Me besó sin pedir permiso y a mí me pareció la gloria. Le devolví el beso con hambre atrasada. Me enlazó por la cintura y yo rodeé su cuello con mis brazos de Cleopatra. Recuerdo que la serpiente me molestaba, así que la arranqué de un tirón y la dejé en un cantero, con la secreta esperanza de que asustara a alguien.
 
Nos besamos y nos besamos, y él murmuraba cosas lindas en mi oído. También me acariciaba de vez en cuando, y yo diría que con discreción, el ombligo de Cleopatra y tuve la impresión de que no le parecía el de un recién nacido. Ambos estábamos bastante excitados cuando escuché la voz de uno de mis hermanos: había llegado la hora del regreso. Mejor te hubieras disfrazado de Cenicienta, dijo Cara Rayada con un tonito de despecho, Cleopatra no regresaba a casa tan temprano. Lo dijo recuperando su verdadera voz y al mismo tiempo se quitó la careta.
 
Recuerdo ese momento como el más desgraciado de mi juventud. Tal vez ustedes lo hayan adivinado: no era Juanjo, sino Renato. Renato, que, despojado ya de su careta de fabuloso cacique, se había puesto la otra máscara, la de su rostro real, esa que yo siempre había odiado y seguí por mucho tiempo odiando. Todavía hoy, a treinta años de aquellos carnavales, siento que sobrevive en mí una casi imperceptible hebra de aquel odio. Todavía hoy, aunque Renato sea mi marido.


Mario Benedetti (Uruguay, 1920-2009)